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Uno menos
Carlos López
Suerte la de los dictadores: morirse en su otoño.
Ninguno tiene la ventura de irse con la víspera.
Quien los parió tiene el don de mantenerlos con vida,
así sea llenos de sondas, mentiras, tormentos,
para que vean con sus propios ojos (el pleonasmo
tiene sentido: las masas fanáticas siempre creen
tener en su mirada los ojos de los tiranos)
la ternura de los niños que sobreviven entre
los basurales en que convirtió al mundo la avaricia
de los que mueven los hilos de los peleles, jefes
de las mafias que gobiernan a garrotazo limpio
o sucio (el adjetivo, en este caso, sí cuenta),
que lanzan cañonazos de dólares al mercado
de conciencias, para garantizar cantos de cisnes
que a falta de lectores encuentran alta vendimia
entre los poderosos, asesinos, vendepatrias,
la escoria que despacha de traje, camisa blanca,
corbata que impone la moda, celulares, guantes;
todo en orden, hasta en los sepulcros más santurrones
y caros; la paz de sangre y fuego multipremiada
con estrellas colgadas del pecho de los soldados.
Pero la vida se venga: hoy diez de diciembre, miles
de brazos alzan flores rojas y copas de vino.
De Chile llega la buena noticia: al basurero
de la historia va uno más. Dios cuenta con uno menos.
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